El quinto largometraje de Paul Thomas Anderson ha sido recibido por la crítica como una suerte de Ciudadano Kane de los pozos petrolíferos, aunque por su folletinesco título en español podría haber sido una continuación de la serie Dinastía, en la que había mucho petróleo y mucha codicia.

Ambiciosa y grandilocuente como Magnolia, la película supone un paso de gigante para su director ya que la Pozos de Ambición (There Will Be Blood, Paul Thomas Anderson 2007) contiene todas la virtudes de su poderosa filmografía anterior y ninguno de sus defectos (ya que no es ni histérica, ni dispersa, ni engañosamente innovadora). Como máximos aliados cuenta con un Daniel Day-Lewis brillante y desaforado, disfrutando como nunca en el que es sin duda el papel de su carrera y probablemente la mejor interpretación de los últimos años, y con Jonny Greenwood de Radiohead que aporta una banda sonora intensa y hermosa (que curiosamente quedó fuera de la selección para los Oscar por contener temas que habían sido grabados antes) Paul Thomas Anderson crea una verdadera obra maestra, que puede mirar cara a cara al cine clásico. Pozos de Ambición es sin duda uno de los acontecimientos cinematográficos del último lustro.
Hedy Lamarr fue una de las más rutilantes estrellas del cine de los años 30 y 40, ha pasado a la historia del cine por sus facciones perfectas y por sus limitadas dotes interpretativas, pero últimamente se le está otorgando más reconocimiento por su labor como inventora e ingeniera (!).

Nacida en Viena, Lamarr dejó su carrera de ingeniera de telecomunicaciones para dedicarse a la interpretación. La fama mundial le vino con Extasis (1933) especialmente por los diez minutos en los que aparece desnuda (es el primer desnudo integral en una película comercial). En Hollywood consiguió triunfar a medias ya que no tuvo demasiado ojo con las elecciones de sus papeles. Aceptó papeles en películas olvidables y rechazó papeles como los de Laura, Casablanca o Luz que Agoniza. Sus papeles más recordados son los de “Argel” (John Cronwell, 1938) con Charles Boyer y “Sansón y Dalila” (Cecil B. de Mille, 1949).
Rodeada de glamour nunca dejó sus investigaciones científicas y en 1942 patentó (con su apellido de casada, por eso no se ha reconocido hasta hace poco) un “sistema de comunicaciones secreto” que puso a disposición del ejército estadounidense. El sistema es una versión temprana del ”salto de frecuencia” que se utiliza hoy en día en todos los sistemas de comunicación digital. Al parecer, y según la wikipedia, el sistema fue utilizado en la crisis de los misiles en Cuba en 1962 y ¡es la base para el sistema WIFI!. Para más INRI el día del inventor se celebra el día de su cumpleaños (el 9 de noviembre) en su honor. Esto último ya me parece demasiado…
Es algo muy normal en el cine y en el teatro que la edad de los actores no concuerde con la edad supuesta del personaje. No suele ser un gran problema, ya que con un poco de maquillaje y peluquería todo se resuelve. Pero es cierto que en ocasiones la diferencia de edad es demasiado grande para disimular esto y se crean situaciones un tanto grotescas. Hay actores (y actrices sobre todo) que parecen no tener edad y así Audrey Hepburn en “My Fair Lady”, Natalie Wood en “West Side Story” y Olivia-Newton John en “Grease” interpretan sin problema superada la treintena a adolescentes.
Vamos a repasar 5 casos en los que no se pudo disimular… Los nominados al premio a “Demasiado viejo para mi papel” son:
1) Leslie Howard con 43 y Norma Shearer con 34 por los adolescentes de “Romeo y Julieta” (1936, George Cukor)

2) Greer Garson con 36 primaveras interpretando a la también adolescente Elizabeth Bennet en la versión de “Orgullo y Prejuicio” de Jane Austen en 1940 
3) Ingrid Bergman como la doncella de Orleans en “Juana de Arco” (1949, Victor Fleming). Una adolescente de 45 tacos.

4) June Allyson tenía 32 cuando interpretó a otro personaje literario adolescente: la Jo de ”Mujercitas”

5) La ganadora siempre tiene que ser Faye Dunaway, por el glorioso papel en “Cámara Sellada” (1996) en la que hace de hija de Gene Hackman. Hay 2 lustros oficiales solo de diferencia entre ellos. Pero no cuela.

Viendo el otro día la, por otro lado magnífica, “Elegy” de Isabel Coixet me acordé de cuantas películas la protagonista decide llevar un pelucón por no querer o apetecer cortarse el pelo para toda una película o para determinada parte. Lo entiendo, pero es que a veces canta la traviata.
Empezando con Pé (que por cierto lleva dos pelucas en la peli), vamos a dar un repaso a 5 pelucas de cine que se me ocurren ahora a bote pronto. Los nominados son:
Penélope Cruz por “Elegy”, (solo encuentro foto de la del flequillo)

Nicole Kidman en “Reencarnación” (mucho peor que la que usó en Los Otros)

Nicholas Cage en toda su filmografía (en la foto en Weather Man)

Marilyn Monroe en “Vidas Rebeldes”

Y la ganadora es la inefable Rocío Durcal por “Más Bonita Que Ninguna”

Revisando recientemente “La última vez que vi París” (The Last Time I saw Paris, 1954, Richard Brooks) la más bien convencional adaptación de la novela corta “Babylon Revisited” de Scott Fiztgerald (desconozco si está traducida al castellano) me di cuenta que uno de los principales problemas de la película tenía muy dificil explicación. ¿Por qué se había decidido trasladar la acción de los años 20 a los 50?
Aunque confieso que no he leído la novela, es obvio por lo que sucede en la película que la acción comienza con el crack la bolsa del 29 y que luego en flash-back describe los locos y libertinos años veinte que vivieron un grupo de americanos en París. La película en cambio comienza con la liberación del París al final de la segunda guerra mundial, y luego describe fiestas y bacanales totalmente anacrónicas en la postguerra. Para camuflar el crack de la bolsa fingen que los pozos de petrolíferos de la familia se secan.
Todo un despropósito que no puede tener origen en falta de presupuesto, ya que tiene muchos exteriores en París y el dinero se ve. La única explicación que he podido encontrar es que la productora se negó a prestar a la Taylor mega-estrella de la época para que fuera vestida años veinte y necesitaban que luciera modelos sin fin para que las señoras de la época fueran al cine en masa. Por cierto que mala elección es Van Johson.
Buscando por internet cosas de esta peli he descubierto la razón por la que algunos periódicos regalan tantas películas antiguas en ediciones lamentables. Al parecer nadie ha renovado los derechos de autor de un montón de peliculas clásicas y ahora son de dominio público.
El otro día viendo al legendario Albert Finney en la magnífica “Antes que el Diablo sepa que has muerto” (Before the Devil knows you are dead, 2007, Sydney Lumet) me acordé de una anécdota bastante rara: Hace unos meses en un restaurante especializado en salchichas con puré de patata cerca del mercado londinense de Spitalfields nos pasaron junto con la cuenta un formulario para recoger firmas para pedir urgentemente un “Oscar” para Albert Finney.
Tras un momento de estupefacción por supuesto firmamos. Por si alguien quiere firmar el restaurante que apoya a Mr Finney es “Sausage & Mash” y está en Brushfield Street.
Si prospera sería el primer “Oscar” concedido por petición popular y no por las votaciones de los académicos. Desde luego no hay nadie que se merezca tanto el consabido premio como Mr Finney. Desde su debut en “Sábado noche, domingo mañana” típica película de Free-Cinema, hasta la citada obra maestra negrísima de Lumet, Mr Finney ha protagonizado clásicos como “Dos en la Carretera” (Two for the Road, 1965, Stanley Donen) “Tom Jones” (1963, Tony Richardson) o “Los Duelistas” (1977, Ridley Scott) o las más recientes “Muerte entre las Flores” (Miller’s Crossing, 1990, Joel Cohen) o Traffic (2000, Steven Soderbegh)
También ya tiene cuatro nominaciones a sus espaldas, así que ya toca. Todos a firmar.
“Servidumbre Humana” (On Human Bondage) de Somerset Maughan es una de mis novelas favoritas. Las andanzas de Phillip Carey entre Londres y París y su amargo y funesto enamoramiento de Mildred me parecen fascinantes. De todos es sabido que la transición de la literatura al cine es siempre polémica, pero todo hay que decir que quizás Somerset Maughan sea de los escritores más cinematográficos.
Ayer pude ver la versión rodada en 1934 por John Cromwell titulada en España “Cautivo del Deseo”. Es conocida porque fue la película que lanzó al estrellato a Bette Davis. La película se centra sobre todo en la relación entre Phillip y Mildred y deja de lado un montón de tramas y de material perfecto para una película. No se si por la impericia del director o porque el estudio pensaba que el público recién salido del cine mudo no podría entender una novela un tanto compleja la adaptación resulta ramplona. Por ejemplo, los insertos de Phillip durmiendo con visiones de Mildred acosándole parecen un tanto pedestres.
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Tras un comienzo esperanzador, las cifras publicadas sobre los primeros seis meses de 2008 no arrojan un panorama como cabía esperar. Los éxitos tempranos de “Los Crímenes de Oxford” (Alex de la Iglesia) y de la segunda parte de Mortadelo y Filemón (Miguel Bardem) presagiaban lo mejor.
Desde entonces solo una película ha atraído masivamente al público “Fuera de Carta” (Nacho G. Velilla) de que ha recaudado 7,6 millones de dólares. Actores conocidos y aires de varias series de televisión son los ingredientes de esta comedia “alocada” que no ha alocado tanto a la crítica.
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Que acertada es la comparación que hace blogdecine.com del personaje protagonista de Wall-E (2008, Andrew Stanton) con Charlie Chaplin. Un Charlot en su mejor momento (con bota vieja incluida) pero con la apariencia de Woody Allen, claro.
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La semana pasada se publicó en la prensa la feliz noticia de la aparición de una copia casi completa de Metrópolis (Fritz Lang, 1927). Los 25 minutos más de esta obra maestra hallados en Buenos Aires despiertan dos reflexiones sobre la conservación de ese arte llamado cine.
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